El Internet de las Cosas, un reto para la nube
27 de mayo 2019
Por Jaume Freixa, Country Manager de Ikoula en España
El Internet de las Cosas, un reto para la nube

Por Jaume Freixa, Country Manager de Ikoula en España

 

No hay duda de que la nube ha cambiado nuestras vidas. La posibilidad de conectar un gran número de servidores informáticos en todo el mundo, a través de una misma red, ha hecho posibles innovaciones sin las que ya no podríamos vivir: Internet, el correo electrónico, el vídeo o la música por streaming, las aplicaciones online o las redes sociales. En lugar de conformarnos con acceder solo a los archivos y datos que tenemos guardados en nuestro ordenador personal, gracias a la nube podemos acceder a toda la información disponible en la Red, desde cualquier ordenador o dispositivo móvil conectado a Internet.

Pero la nube sigue evolucionando y nos llega una nueva tecnología que aspira a transformar aún más nuestras vidas: el Internet de las Cosas (IoT). Se trata de conectar a Internet todo tipo de dispositivos que hasta ahora funcionaban aislados: desde sensores a electrodomésticos, pasando por coches, relojes, marcapasos, gafas, ropa… ¡La lista es prácticamente infinita! La consultora Gartner calcula que en la actualidad hay más de 25.000 millones de objetos conectados a la nube, y esta cifra se doblará en 2020.

Las ventajas de conectar objetos a la Red son numerosas. Por una parte, podemos manejarlos a distancia, lo que por ejemplo permite automatizar el funcionamiento de toda una fábrica como parte de la Industria 4.0. Además, los objetos conectados recogen información de su entorno que luego podemos procesar para obtener estadísticas y tendencias que permitan, por ejemplo, controlar el estado de una infraestructura (algo que podría haber evitado el derrumbe del puente de Génova). Finalmente, los objetos conectados pueden interactuar con otros sistemas en línea; imagina que tu nevera detecta que falta leche, se conecta a los servidores de tu supermercado online y hace un pedido automáticamente.

Sin embargo, el Internet de las Cosas también tiene una cara negativa: añade una presión enorme a las redes de telecomunicaciones y a los centros de datos, que deben transmitir, almacenar y procesar cada vez más datos generados por un número creciente de objetos conectados. Es como si cada día, varios miles de nuevos usuarios se conectaran a la página web de una empresa y todos quisieran ver o descargar los mismos contenidos: ¡al final, la web de la empresa se acabaría colapsando! (a menos que dispusiera de un servicio de alojamiento web con tráfico ilimitado). Por suerte, ya existe la tecnología necesaria para evitar que el Internet de las Cosas acabe colapsando la nube: se llama Edge Computing.

 

Del cloud computing al Edge Computing

Para entender mejor este concepto, primero debemos tener claro cómo funciona la nube. Actualmente, todos los datos, archivos, aplicaciones, películas, canciones, etc. que se hallan disponibles en Internet están almacenados en servidores conectados a la Red. Estos servidores pueden estar en una nube privada (la empresa gestiona su propia infraestructura informática); en una nube pública (la empresa usa los servicios proporcionados por un proveedor cloud especializado como Ikoula); o en una nube híbrida (que combina la infraestructura propia de la empresa con la ofrecida por proveedores externos).

Cuando consultas tu correo web, entras en Facebook o miras una película en Netflix, te conectas al servidor de la nube que ofrece este servicio, que realiza por ti los procesos informáticos necesarios para que puedas acceder al contenido o usar el servicio. Si tuvieras que descargarlo, abrirlo y ejecutarlo en tu ordenador o dispositivo móvil, o estos procesos se hicieran en servidores independientes situados en las instalaciones de cada empresa, todo sería mucho más lento y complicado, como pasaba con Internet en los primeros años.... Este acceso y procesamiento de la información a distancia y a gran escala es lo que actualmente conocemos como Cloud Computing, o computación en la nube, y es un invento fantástico.

 El problema es que, si constantemente conectamos a Internet millones de objetos nuevos que vuelcan a la red ingentes cantidades de datos, la capacidad de los servicios de Cloud Computing tiene un límite. Por supuesto, podemos seguir construyendo nuevos centros de datos y ampliar los existentes, pero esto resulta muy costoso, medioambientalmente poco sostenible y al final no sería demasiado inteligente.

 

¿Cómo funciona el Edge Computing?

La solución a este problema es el Edge Computing o “computación en el borde”. A diferencia del Cloud Computing, en el Edge Computing el procesamiento informático no se realiza en centros de datos centralizados, sino que se reparte a lo largo de la red. Esto permite que la computación se realice más cerca de los objetos conectados, lo que tiene dos grandes ventajas: evita la sobrecarga de los centros de datos y hace que la información recorra menos distancia entre el objeto conectado y el servidor que analiza los datos y proporciona la información o el servicio solicitado. Es como si, en lugar de tener que ir a una heladería del centro de la ciudad para degustar tu helado preferido, hubiera un carrito de helados al lado de casa, dispuesto a servirte tu sabor favorito en cualquier momento y sin tener que desplazarte.

Este procesamiento que se realiza en el “borde”, en lugar del centro de la Red (de ahí el nombre de “Edge Computing” o “computación en el borde”, se lleva a cabo en centros de datos más pequeños y cercanos al cliente, que permiten ofrecer un servicio más rápido. De hecho, en Ikoula hace tiempo que apostamos por este enfoque de proximidad. Por eso contamos con dos centros de datos, una red de alta velocidad y nuestras soluciones de Cloud Computing están disponibles en seis países, incluido España.

Por supuesto, los servicios de Edge Computing tienen una capacidad menor que la que ofrece un centro de datos a gran escala. De modo que el futuro de la nube pasa por un enfoque híbrido: la combinación de centros de datos de alta densidad, encargados de realizar las tareas más exigentes, con numerosos centros de datos más pequeños repartidos a lo largo de toda la red, que proporcionen servicios de Edge Computing rápidos y cercanos para las aplicaciones que lo requieran, como el Internet de las Cosas.