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OPINIÓN

Adopción masiva del voto digital: ¿por qué tarda tanto?

Tendencias TI   11 nov 2021
Adopción masiva del voto digital: ¿por qué tarda tanto?
Por Roger Baig
Senior Project Manager de Vocdoni

El impacto de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en la sociedad en su conjunto es innegable. Esta tendencia se ha hecho especialmente evidente durante la pandemia COVID-19 causada por el virus SARS-CoV-2. La adopción de las TIC por parte de la población ha afectado profundamente nuestra capacidad para hacer frente a esta situación de emergencia global. Con la integración masiva de los sistemas de videoconferencia en la vida diaria, muchas personas han podido continuar con su actividad laboral. El auge del comercio electrónico ha ayudado a mantener las cadenas de distribución de bienes y servicios. Gracias a la amplia infraestructura de datos, los investigadores han podido intercambiar un volumen de información nunca visto, lo que permitió, entre otras cosas, el desarrollo en tiempo récord de vacunas.

No hay duda de que muchos de estos cambios perdurarán más allá de la pandemia actual. Y, sin embargo, algunas actividades humanas han permanecido, al menos aparentemente, insensibles al poder transformador generalizado de las TIC. Entre estos, el caso de la votación es especialmente paradigmático. Los procesos electorales juegan un papel fundamental en la legitimación del poder y la toma de decisiones en las sociedades democráticas. En muchos casos, no obstante, los residentes han tenido que asumir un alto nivel de riesgo personal al ejercer su derecho al voto en persona. En los raros casos en los que se han adoptado las TIC con el fin de aumentar la accesibilidad al voto, esta adopción ha sido apresurada e inadecuada. Esta inmediatez a menudo ha resultado en la erosión significativa de las garantías de privacidad o integridad de los procesos de votación.

En los raros casos en los que se han adoptado las TIC con el fin de aumentar la accesibilidad al voto, esta adopción ha sido apresurada e inadecuada

Las razones de esta demora en la adopción de las TIC en el ámbito de los procesos electorales son múltiples y variadas. A nivel social, por ejemplo, es necesario garantizar que la adopción del voto en línea no dé lugar a ninguna exclusión o discriminación de ningún tipo. Esto requiere, como mínimo, un nivel mínimo de alfabetización digital generalizada. Las tecnologías de votación digital sólo pueden tener éxito si logran un nivel de comprensión por parte de los votantes que sea comparable o superior al entendimiento común de los sistemas de votación tradicionales. A nivel operativo, existe una evidente falta de recursos comprometidos para verificar digitalmente la identidad de todos los electores con garantías suficientes. A nivel tecnológico, existen considerables dudas sobre la capacidad de un sistema de votación que permita a las personas votar desde cualquier lugar con sus propios dispositivos (una característica básica del voto en línea) para respetar las garantías de integridad y privacidad que son comúnmente aceptadas como parte del cuerpo jurídico fundamental de las sociedades democráticas.

A nivel operativo, existe una evidente falta de recursos comprometidos para verificar digitalmente la identidad de todos los electores con garantías suficientes

El antagonismo entre integridad y privacidad (ambos estrechamente ligados al campo de la ciberseguridad) aumenta enormemente la complejidad de la tarea de diseñar sistemas de voto electrónico que deban cumplir ambas propiedades. Las soluciones existentes son sólidas en términos de integridad o sólidas en términos de privacidad, pero hasta donde sabemos, ninguno de ellos satisface ambas propiedades simultáneamente. Esto se debe a que todos los sistemas conocidos que afirman incorporar sólidas garantías de privacidad cierran el código o las urnas (o ambos), lo que deshabilita la verificabilidad universal de la integridad de los procesos. Los sistemas que logran garantizar la integridad, por otro lado, no logran cortar de manera efectiva el vínculo entre cualquier votante y el contenido de su voto, imposibilitando cualquier esperanza de privacidad del votante. Por lo tanto, ninguna solución existente ha demostrado su capacidad para cumplir con los requisitos mínimos de un sistema de votación digital de alto riesgo.

Los avances recientes en los campos de la criptografía y los sistemas descentralizados han abierto la esperanza a poder diseñar esquemas de votación digital en los que la integridad y la privacidad sea propiedades compatibles. La tecnología blockchain, por ejemplo, ofrece un sistema de base de datos distribuido cuyos registros son inmutables y están ordenados cronológicamente. Las máquinas de estado descentralizadas (como Ethereum) garantizan la ejecución distribuida de bloques de código predeterminados, así como la corrección de dicha ejecución. La cadena de bloques, por lo tanto, puede considerarse como una urna digital, con una máquina de estado descentralizada como la computadora para ejecutar el código del sistema. El campo de la criptografía ofrece dos innovaciones clave: nuevos algoritmos de cifrado y pruebas de conocimiento nulo (ZKP). Los cifrados son algoritmos que se pueden utilizar para disociar a los votantes del contenido de sus votos y ya han sido utilizados por muchos sistemas para este propósito. Los ZKP se pueden utilizar para garantizar y demostrar la exactitud de los cálculos de los registros cifrados (como las papeletas de voto) sin revelar el contenido de esos registros. La combinación de sistemas descentralizados con un uso inteligente de cifrados y ZKP elimina la necesidad de componentes confiables y, por lo tanto, permite la verificabilidad universal al tiempo que preserva los más altos estándares de privacidad de los votantes. De este enfoque también se deriva una fuerte resistencia a la censura (las cadenas de bloques descentralizadas son altamente resistentes) y permite la anti coerción, dos propiedades que son esenciales para los procesos de votación de alto riesgo.

Después de décadas de desastres y éxitos, la votación en papel es sin duda un sistema ampliamente probado. Éste es también el método con el que estamos más familiarizados: la imagen de una boleta de papel es parte integral de nuestra comprensión del voto. Sin embargo, hemos observado que las condiciones son propicias para la adopción masiva de las TIC. Y con los avances tecnológicos más recientes, el voto digital se convierte en un instrumento democrático cada vez más habitual.

Más allá de los desafíos técnicos, las principales barreras para el voto digital generalizado son sociales y políticas

¿Qué se necesita para que la votación digital reemplace las papeletas de papel?

En primer lugar, la tecnología en sí debe perfeccionarse y probarse a fondo. A pesar de que las ZKP y las tecnologías blockchain se aplican en operaciones financieras de alto valor, su uso en sistemas de votación no se ha probado a gran escala o bajo la amenaza de censura o ataques.

Más allá de los desafíos técnicos, las principales barreras para el voto digital generalizado son sociales y políticas. Ninguna sociedad con un analfabetismo técnico generalizado puede esperar que sus miembros confíen en un sistema de votación digital. Por lo tanto, la educación técnica popular, ofrecida por una variedad de fuentes confiables, es imprescindible. La votación digital tiene el potencial de abordar rápidamente las barreras a la votación. Pero si el acceso tecnológico sigue siendo desigual, el voto digital podría amplificar esta desigualdad. Esta es, por lo tanto, una razón más para exigir el acceso universal a la electricidad, a la banda ancha y a los dispositivos móviles.

Finalmente, y quizás lo más importante, está la necesidad de voluntad política. La votación está intrínsecamente ligada a la burocracia democrática. Cualquier cambio significativo en la votación en sí puede requerir, y estimular, una reforma de las estructuras de poder político. El voto digital llegará en primer lugar a las sociedades que puedan imaginar y exigir una refactorización fundamental de sus procesos democráticos. En ellas, los asuntos de confianza pública, acceso tecnológico y derechos digitales serán cada vez más centrales para la economía política a medida que se expanda la adopción de las TIC.

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