Durante los últimos años, España ha consolidado su posición como uno de los mercados europeos más dinámicos para el desarrollo de centros de datos. La llegada de inversión internacional, el crecimiento del cloud y el impacto de la inteligencia artificial están acelerando una transformación que ya no se limita a construir nuevos campus: también obliga a rediseñar instalaciones existentes, repensar el acceso a la energía y revisar cómo se conciben las infraestructuras digitales.
En este contexto, hablamos con Eloy Unda, socio y director de Estrategia y Desarrollo de PQC, para entender qué está cambiando realmente detrás del crecimiento del sector. Desde la presión sobre la red eléctrica hasta el auge de los proyectos brownfield o el desafío de diseñar para cargas de alta densidad, la conversación dibuja una industria que evoluciona rápido, pero donde la experiencia y la capacidad de adaptación siguen siendo factores decisivos.
Todo el mundo habla de España como uno de los grandes polos europeos de centros de datos. Desde vuestra posición en PQC, ¿qué señales os hacen pensar que realmente estamos entrando en una nueva fase del mercado y no simplemente en un ciclo de crecimiento o en un momento de euforia?
Yo destacaría tres indicadores. El primero es el volumen de estudios previos que estamos recibiendo. Evidentemente, no todos los proyectos acaban ejecutándose, pero el cambio es claro: antes recibíamos un número determinado de oportunidades y hoy recibimos bastantes más. Eso significa que hay más actores interesados en desarrollar este tipo de infraestructuras. Después habrá proyectos más sólidos y otros que no llegarán a materializarse, pero el interés existe y está ahí.
El segundo indicador es el aumento de peticiones para modificar instalaciones ya construidas y aumentar su densidad. Estamos viendo cómo determinados diseños que hace unos años eran perfectamente válidos hoy necesitan evolucionar para responder a nuevas cargas y nuevas necesidades. Y hay un tercer elemento ligado al anterior que está creciendo mucho: el interés por la compraventa de activos de centros de datos ya en operación. Es una actividad que en los últimos años hemos visto intensificarse claramente.
Durante años parecía que el mercado estaba condicionado principalmente por la capacidad de inversión. Hoy el debate gira alrededor de la energía. ¿Estamos entrando en una etapa donde el recurso escaso ya no es el capital sino la potencia eléctrica?
La energía siempre ha sido una condición imprescindible. Un centro de datos necesita energía, venga de red o de generación propia. Dicho esto, el problema no está tanto en la generación como en el transporte y acceso. Durante un tiempo el sistema de solicitud de potencia era relativamente desordenado y eso provocó acumulación de peticiones que no siempre respondían a proyectos reales o maduros. La regulación que está entrando ahora en vigor debería ayudar a ordenar esa situación y filtrar proyectos que realmente tengan consistencia. Eso puede aliviar parte del problema, aunque no lo resolverá completamente. Porque el segundo gran eje sigue siendo la inversión en redes eléctricas. Ordenar las solicitudes ayuda, pero no sustituye la necesidad de ampliar capacidad de la red.
Además, estamos empezando a ver otro fenómeno interesante: determinados proyectos vinculados a IA empiezan a plantearse al revés. Ya no se trata de decir “quiero construir aquí y necesito energía”, sino “¿dónde hay energía disponible para construir allí?”.
¿Existe algún error de interpretación por parte de inversores internacionales sobre el mercado ibérico?
Por ahora seguimos viendo interés y una percepción positiva del mercado español. Pero hay dos elementos que no se pueden descuidar: el acceso a la energía y la seguridad jurídica. No se trata únicamente de tener capacidad eléctrica; también hace falta claridad regulatoria, certidumbre administrativa y procesos ágiles. Si hay incertidumbre en esos aspectos, sí podríamos empezar a perder atractivo frente a otros mercados. De momento seguimos viendo apetito inversor y esperamos que continúe.
Todo el mundo habla de inteligencia artificial. Pero desde vuestra experiencia en PQC, ¿qué parte de los proyectos que hoy pasan por vuestra mesa están realmente pensados para IA y cuáles siguen respondiendo a modelos tradicionales?
Depende mucho. Hay proyectos que ya nacen con un usuario definido y saben exactamente qué necesitan. Otros deben mantenerse abiertos y flexibles porque todavía no tienen definido el perfil final de carga.
Lo que sí diría es que la mayoría de proyectos actuales ya contemplan, al menos parcialmente, escenarios de IA. Eso no significa que el centro de datos vaya a dedicarse al cien por cien a estas cargas, pero sí que suele existir una parte preparada para ello o un diseño que permita incorporarlas posteriormente. Y eso incluye cada vez más la preparación para sistemas de refrigeración líquida.
Tras tres décadas de experiencia en ingeniería de infraestructuras críticas, PQC observa una industria que cambia de escala, de densidad y de prioridades, aunque mantiene intacta una exigencia: operar el data center como un activo crítico
Para una ingeniería debe ser complejo diseñar infraestructuras cuando todavía no está claro cómo evolucionarán las cargas. ¿Cómo se gestiona esa incertidumbre?
La clave está en diseñar infraestructuras flexibles. Se trata de evitar arquitecturas excesivamente rígidas y pensar desde el inicio qué cambios podrían llegar en el futuro. El edificio, la estructura, las alturas libres o los espacios técnicos tienen que permitir adaptaciones posteriores sin convertir cada modificación en un proyecto traumático. La idea es dejar preparado aquello que quizá no se implemente hoy, pero que pueda desplegarse de forma sencilla y razonablemente eficiente si el escenario cambia.
Cuando hablamos de pasar de entornos convencionales a cargas de altísima densidad para GPU, muchas veces se pone el foco en la refrigeración líquida. ¿Es realmente ese el principal reto?
La refrigeración líquida es una parte importante, igual que la alimentación eléctrica o el peso de los equipos. Pero si tuviera que reducirlo a un único factor diría que el verdadero límite es el espacio físico. Toda esa infraestructura adicional —tuberías, distribución eléctrica, nuevos equipos— necesita volumen físico y peso estructural. En muchos proyectos de reconversión el mayor obstáculo no es tecnológico: es que simplemente no hay espacio suficiente, especialmente en altura. Estamos pasando de modelos donde la sala IT ocupaba gran parte del edificio a otros donde se necesita menos espacio blanco, pero mucho más espacio técnico para soportar la infraestructura.
Se habla mucho de la construcción de nuevos campus de centros de datos, pero cada vez aparecen más operaciones de adquisición y transformación de data centers ya existentes o polígonos reacondicionados. Hablamos del llamado ‘Brownfield’. ¿Qué está impulsando esa tendencia?
Conviven dos dinámicas. Por un lado, el crecimiento de grandes plataformas hyperscale. Pero, por otro, sigue existiendo una necesidad muy fuerte de data centers más pequeños y distribuidos, orientados a colocation y proximidad. Muchas empresas tienen centros de datos propios que ya no forman parte de su negocio principal. Operarlos requiere especialización y recursos, así que prefieren externalizarlo.
Para quien compra esos activos hay varias ventajas: puede disponer de potencia ya instalada, reducir tiempos administrativos y, muchas veces, mantener al propietario anterior como cliente desde el primer día. Eso sí: casi nunca es comprar y operar directamente. Normalmente implica remodelación.
¿Qué determina que un data center antiguo tenga futuro o quede descartado desde el primer análisis?
Lo primero que analizamos es hasta dónde puede crecer sin hacer prácticamente nada. Después evaluamos cuánto más podría crecer con actuaciones razonables, sin necesidad de una reconstrucción completa. Las limitaciones más habituales suelen aparecer por espacio disponible, altura libre, capacidad de ampliación, restricciones urbanísticas u otros condicionantes. Al final, muchas decisiones acaban dependiendo del espacio físico.
Más potencia, más densidad y más incertidumbre. Eloy Unda explica por qué el próximo gran límite de los centros de datos no será únicamente tecnológico y por qué cada vez más operadores miran hacia el brownfield
Desde vuestra experiencia en operación y commissioning, ¿qué sigue provocando más fallos?
El sector se ha profesionalizado muchísimo. Hace años muchos data centers eran simplemente instalaciones internas de empresas y no existía el nivel actual de especialización operativa. Hoy, la mayoría de incidencias siguen teniendo un componente humano: procedimientos que no se siguen correctamente, pruebas que no se ejecutan o escenarios que no se contemplaron. También aparecen problemas heredados de diseños antiguos, pero generalmente el origen sigue estando más en la operación que en la tecnología.
Con toda la presión por reducir el time to market, ¿se está sacrificando el commissioning?
En nuestra experiencia, no. Lo importante es empezar el commissioning a tiempo y no dejarlo para el final. Reducirlo suele ser una falsa economía: el coste de los problemas posteriores suele ser mucho mayor que el de retrasar unas semanas la entrada en operación.
¿La sostenibilidad ha entrado ya en una fase de madurez?
Sí. De hecho, se habla menos de ella precisamente porque ya se da por supuesta. Hoy cualquier operador tiene que cumplir con determinados estándares. La sostenibilidad ya no funciona como elemento diferenciador; es una condición de entrada.
¿Qué métricas deberían recibir más atención?
Indicadores como el PUE son útiles, pero solo ofrecen una visión parcial. Para entender realmente la sostenibilidad hay que mirar los tres alcances: emisiones directas, origen de la energía y toda la cadena de valor —materiales, fabricación, transporte y operación. Ahí es donde se obtiene una imagen más completa.
Después de tres décadas viendo evolucionar el sector, ¿hay algo que siga exactamente igual que en los años noventa?
La criticidad del centro de datos. Sigue siendo una infraestructura extremadamente especializada. Diseñarla, construirla y operarla exige conocimiento específico. La tecnología cambia, el mercado cambia, pero la necesidad de hacerlo bien y contar con experiencia demostrable en este tipo de instalaciones sigue siendo exactamente igual.





